lunes, 5 de julio de 2010

El origen de la mala onda


La semana que recién pasó estuvo marcada por el desaire de Marcelo Bielsa al Presidente Sebastián Piñera, el segundo en poco más de un mes.
Bastaba ver lo fomes que estaban los diarios este domingo para agradecer que un hecho así haya generado pauta informativa, discusiones a todo nivel, una carta de disculpas y varias columnas al respecto.

Justamente, una de ellas fue la publicada por el columnista Ascanio Cavallo en La Tercera de este domingo. Muy intesante y explicativa de varias cosas. Para que la lean con detención en La Moneda. Los dejo con ella.
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Marcelo Bielsa es poco sociable. Esto lo saben todos los que alguna vez han tratado con él. Le disgustan los actos oficiales y los encuentros sociales.

Hay en sus maneras, como en todas las personalidades reconcentradas, tanto de parquedad como de timidez. Por eso es seguro que su llamado “desaire” al Presidente Piñera le haya sido tan profundamente indiferente, como las disculpas que pidió después -“a los chilenos”- frente al revuelo político.

Como quiera que se juzgue la conducta de Bielsa, La Moneda ha enfrentado el caso con una ansiedad más reveladora que necesaria. El gobierno intentó capitalizar la popularidad de la selección de fútbol, como quizás lo hubiese hecho cualquier otro; pero exageró esos esfuerzos, luego de que Michelle Bachelet fuese invitada a la concentración del equipo en Nelspruit.

La imitación comenzó con un incidente el día que Piñera fue a despedir a la Selección en Juan Pinto Durán. Esa mañana, el equipo presidencial pidió a la ANFP que se dispusiera un arco y una pelota para que el Presidente pateara un penal. ¿La idea? Emular la inauguración del Mundial Femenino Sub 20 por Bachelet, el 2008. La petición indignó a los dirigentes de la Selección, que la rechazaron, y al propio Bielsa, que debió confirmar sus peores sospechas.

Es seguro que el DT odia la manipulación política del deporte. Pero mucho más odiará la banalización del proceso que encabezó durante casi tres años. El centro de ese proceso fue laprofesionalización del equipo, en términos de allegar disciplina a sus conductas y, sobre todo, alejar a sus jugadores de la jarana, la farándula y el show business.

Bielsa propuso una conciencia del esfuerzo y la importancia del proceso, igualando el valor emocional del éxito con el valor pedagógico del fracaso. Una circunstancia histórica que no le compete lo puso frente a un gobierno que prefiere los resultados y desconfía de los procesos, que muestra tanta ansiedad por el éxito como aversión al fracaso.

¿Por qué podría La Moneda esperar más empatía de su parte? Por si no bastara, el encuentro de Pinto Durán concluyó con un discurso presidencial plagado de bromas y apodos, uno de esos actos que la psicología denomina “afecto heboide”, un payaseo que el hablante cree gracioso, que el oyente percibe como desubicado y frívolo.

Quien preparó ese texto necesita revisar dos cosas: la naturaleza de la audiencia y la eminencia del cargo presidencial. También parece errónea la apreciación del gobierno hacia la presencia de Bachelet en Nelspruit. No cabe duda de que Bielsa y los dirigentes de la ANFP sienten simpatía y gratitud hacia ella, pero los que estuvieron en Sudáfrica certifican que sólo un par de veces el entrenador salió de su “burbuja profesional” para conversar por minutos con la ex Presidenta.

Y no es inútil preguntarse si quienes recomendaron a Bachelet permanecer esos 15 días en Nelspruit tuvieron una buena idea o razonaron con un similar grado de superficialidad…Y hay más. A Bielsa no le gusta la derecha, ni la de su país ni la de éste.

Esto lo sabe el gobierno –lo ha dicho la primera dama-, pero probablemente exagera la importancia que el entrenador le asigna a la política pura y dura.

En Palacio, el jueves, saludó de manera elusiva al Presidente, pero derechamente evitó al subsecretario de Deportes. Lo que no ignoraba es que Gabriel Ruiz-Tagle viajó a Sudáfrica ydedicó gran parte de su tiempo a hablar con dirigentes del fútbol, con el propósito de promover una candidatura alternativa a la de Harold Mayne-Nicholls en la presidencia de la ANFP.

El punto es crucial, porque tanto el subsecretario como el Presidente siguen siendo accionistas eminentes de Colo Colo, que en conjunto con otros de los clubes “grandes” aspiran a tomar el control de la Asociación en noviembre. El envolvimiento de Ruiz-Tagle en esta operación no es algo que resulte indiferente para el mundillo de la Selección, incluido el entrenador.

Mayne-Nicholls no participa tampoco ¿del espíritu del gobierno, pero no por razones ideológicas, sino por sus dificultades históricas con Ruiz-Tagle y con su estilo de gestión. Para él, las conductas de Bielsa –y sobre todo sus interpretaciones- han de ser más un problema que un refuerzo, pero es el tipo de persona que jamás desautorizaría al DT en el que ha confiado.

Si alguien debe sacar una lección de este entuerto no es la Selección, que ya hizo lo suyo, ni Bielsa, que no cambiará de personalidad, ni Mayne-Nicholls, que tiene sus propias metas, sino el gobierno, donde el control de la ansiedad comunicativa parece una necesidad cada vez más urgente.